Se ha puesto más de moda que nunca ensalzar a la banda terrorista ETA, que ha asesinado a mil personas, entre ellas también niños, a lo largo de su sangrienta historia. Hace unos días un grupo de “artístas” representaron una obra de títeres ante familias con niños en la que, entre otras finuras, destaca una pancarta donde se lee ‘Gora Alka-ETA’. Pocos días más tarde la mismísima alcaldesa de Barcelona, la Sra. Colao, tomó parte en una concentración en apoyo de los titiriteros. En dicha concentración uno de los carteles muestra a dos títeres con la pancarta ‘Gora marion-etas’. Es increíble que hagamos llegado una situación tan retorcida en la que representantes públicos apoyan el enaltecimiento del terrorismo, tienen la desfachatez de justificarlo como libertad de expresión, y lo hacen con orgullo a pesar del terrible dolor y sufrimiento que el terrorismo a sembrado en España durante décadas. El concejal del Ayuntamiento Guillermo Zapata se va a sentar en el banquillo por su tuit sobre Irene Villa y las niñas de Alcasser que la Audiencia Nacional considera un posible delito de humillación a las víctimas de delitos. El ilustre Sr. Zapata también se ha distinguido por insultar a las víctimas del holocausto. Luego tenemos a la también ilustre asalta-capillas Rita Maestre y algunas compañeras ideológicas que se plantaron topless en la capilla de la Complutense en el 2011 y gritaron “arderéis como en el 36″, entre otras lindezas. Ya es malo que esta gente que tanto desprecio siente hacia las víctimas del terror, hacia la iglesia, hacia la igualdad de las personas ante la ley y hacia la democracia, haya conseguido un sillón en el gobierno y ya se comporte como lo mas ‘rancio’ de la casta política a la que tanto han criticado para ordeñar votos. Pero es aún peor que varios millones de personas les hayan votado, les parezca bien lo que hacen, les sigan apoyando, y además se aferren a sentimientos y conceptos – libertad, democracia, solidaridad, etc. – para justificar actos que son precisamente lo contrario. Es una combinación de hipocresía, ignorancia, revanchismo, envidia, odio, y estupidez. Estos sentimientos negativos necesitan nutrirse, y qué mejor para eso que tirar de la ley de memoria histórica y promocionar actos como el de los titiriteros para cabrear a la gente normal, reaccionar como víctimas ofendidas ante el enfado y señalar a los enfadados como fascistas. No sé dónde vamos a acabar, pero confío en que el sentido común y la decencia se impongan, porque la alternativa es demasiado desagradable para que nos la merezcamos.

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