Estos días estoy más asqueado que de costumbre con lo que está pasando en España. Las personas son complicadas, el mundo es complicado, y la complejidad se manifiesta en tonalidades de gris. Gris in la política, en las opiniones, en los valores, en las actitudes, y en la falta de actuación por parte de aquellos que se supone que nos representan en el parlamento, o trabajan para nosotros en las instituciones que se financian con nuestros impuestos. El problema es que mientras los políticos se bañan en un mar grisáceo de corrupción, inacción, y abuso de poder, la gente normal, los que trabajamos para ganarnos la vida, vivimos en un mundo blanco y negro. Si no pagamos impuestos se nos cae el pelo, si financiamos una empresa pequeña con fondos de dictaduras terroristas se nos cae el pelo, si nos apropiamos de dinero público y nos lo gastamos en una mariscada se nos cae el pelo, si llevamos al bebé al trabajo nos dirían que nos buscáramos una niñera pero ya, si no hacemos nuestro trabajo nos acaban echando a la calle. Y no nos vale con trabajar sólo cuatro años para conseguir una buena pensión. Y si cometemos un delito no tenemos inmunidad.

Para más coña, como no valía con los inútiles corruptos que ya teníamos por políticos, ahora tenemos a la manada de Podemos, sustentada por varios millones de personas víctimas de la ignorancia, la vagancia, la desesperación, la desilusión, o una combinación de las cuatro. No digo que votar PP o PSOE sea mejor. Aquí no hablamos ya desde una óptica positivista sino de qué es menos nocivo, menos estúpido, o menos desaprensivo. Votar al PP o al PSOE es menos estúpido que votar a Podemos porque al menos los dos partidos mayoritarios no condonan la dictadura Chavista, o la dictadura Iraní, ni se financian por las mismas, ni soportan abiertamente el separatismo Catalán o el Vasco, ni apoyan las expresiones que enaltecen el terrorismo etarra, ni la intimidación de los separatistas, ni insultan la institución de la monarquía, ni se limpian los mocos con la bandera de España, ni le faltan el respeto a todos los españoles al jurar su cargo de diputados mientras que al mismo tiempo insisten en ensalzar sus creencias republicanas. Es esa agresividad, esa violencia anti-sistema, es lo que los convierte en lo último que necesitamos ante tanta corrupción: radicales megalómanos sin preparación con hambre de poder. Mienten, se lo creen, pero a diferencia de los otros, los de Podemos se cabrean y se vuelven violentos si les desafías. Son capaces de darte una pedrada y luego denunciarte por haberles roto su pedrusco con la cabeza.

Los de Ciudadanos son los únicos a los que deberíamos votar los españoles, aunque únicamente porque son los menos malos. Ahí entra lo de más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer. La gente es conservadora por naturaleza, la gente no quiere mucho cambio, en general quiere el escaparate del cambio, pero que nadie toque la trastienda porque si no ya no saben dónde están las cosas. Por eso Ciudadanos ha obtenido menos apoyos que la patulea Podemita, porque Ciudadanos es lo más cercano a los partidos tradicionales sin ser un partido tradicional, llevándose los votos de los más adventureros de la sociedad. Podemos ha recibido el apoyo radical del descontento que piensa que la solución es romperlo todo y “que se jodan”, y en su rabia interior suelen ser más viscerales y entusiastas, de ahí que se hayan tirado como lemmings exaltados tras la senda de “Coleta Morada”.

Visto de otra forma, Ciudadanos representa la parte ascendente de la curva del cambio, donde toman relevancia la aceptación, la apertura y la integración. Podemos representa la curva descendente del cambio donde dominan el rechazo, la rebelión, y la resistencia. Pero Podemos no intenta ayudar a su electorado superar el proceso del cambio, se aprovecha de todo ese rechazo y rebeldía para dominar y manipular. Dicen que las emociones negativas son más volátiles, agresivas y temporales que las positivas. Así es como Podemos moviliza a sus huestes. Los demás somos demasiado tranquilos, demasiado tolerantes. A lo mejor a los demás nos vendría bien estar un poco más hasta los cojones, como se dice vulgarmente.

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