El problema de la inmigración tiene, a mi juicio, dos aspectos. El primero es el económico, y este a su vez tiene dos vertientes diferentes. En primer lugar está el hecho de que nuestras fronteras, y las de la UE en general, se ven constantemente asediadas por personas que aspiran a un nivel de vida más alto que el de sus países de origen. España está de hecho por encima de otros países como Alemania, Reino Unido, Francia o Italia en cuanto al influjo de inmigrantes, y además España también se encuentra en el pelotón de cabeza en cuanto al tanto por ciento de inmigrantes provenientes de fuera de la UE. El influjo masivo e incontrolado de inmigrantes jóvenes también está resultando en un crecimiento de este sector de la población mucho más alto que el resto. Al mismo tiempo, el crecimiento económico de cualquier nación ha ido acompañado en algún momento y en mayor o menor medida de inmigración. Muchas personas en europa ya piensan que hay demasiados inmigrantes y que además la inmigración descontrolada está asociada con la delincuencia. Por eso la inmigración debe ser regulada con claridad y con contundencia. Europa no puede ser la cuna de los desamparados sólo porque los países de los que provienen estas personas tienen dificultades para elevar el nivel de vida de sus ciudadanos. Son estos países, en su conjunto los que deben recibir ayuda, para que puedan ayudar a sus propios ciudadanos. Que hay que demostrar solidaridad con los menos afortunados es obvio, es lo moral, y es lo decente. Pero en Europa parece que hemos conseguido llegar a niveles antes impensables de pasividad ante determinados aspectos de la inmigración. Sin ir más lejos, fijémonos en Bélgica, donde un partido islamista de reciente creación quiere implantar la ley Sharia. Hay otros ejemplos parecidos en los que en Europa estamos confundiendo la tolerancia con la permisividad. Permitimos la construcción de Mezquitas y escuelas islámicas mientras que el cristianismo es objeto de persecución un número no insignificante de países musulmanes. Algunos representantes islámicos atacan la cultura occidental mientras que hacen uso de los beneficios sociales que la caracteriza. La falta de integración de algunos colectivos en nuestra cultura, a pesar de las facilidades que se ofrecen, y la constante demanda de facilidades o ayudas para que conserven su cultura, mientras cualquier oposición es considerada un acto de intolerancia, ya no es aceptable. El ejemplo antes expuesto sobre Bélgica, aunque extremo, es representativo de una tendencia que afecta a toda Europa.

¿Hasta qué punto nos podemos permitir seguir tolerando la intolerancia? ¿Cuándo vamos a llegar al punto en el que nuestra flexibilidad cultural (en general) se convierta en la causa de su propio declive? Debemos abordar esta problemática con claridad y sin dejar que algunos se aprovechen de prejuicios históricos para impulsar una agenda de aislamiento e intolerancia religioso-cultural, mientras que no muestran ni por asomo el mismo nivel de tolerancia que demandan de la cultura occidental, ni en Europa, ni en sus países de origen.

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